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 NO QUIERO VIVIR PARA DISEÑAR PERFECTO

Hay momentos en los que me pregunto si estoy diseñando “mal”. Y no porque no sepa usar los programas o no entienda de composición, sino porque mi forma de diseñar no encaja del todo con lo que el mundo corporativo espera. Me pasa sobre todo cuando entro en contacto con lo empresarial, con lo que algunos llaman “lo serio”. Ahí, la idea de “perfección” aparece como una exigencia silenciosa: todo debe verse limpio, alineado, sobrio, sin errores.

Y ahí es cuando empiezo a cuestionar… ¿Porque mi forma de diseñar nace de otro lugar?

No del deber, sino del deseo, de lo emocional, de lo expresivo, de lo caótico. Mis procesos no siempre son rectos ni predecibles, y eso me hace sentir a veces que tengo menos chances en ciertos espacios “profesionales”. Como si no cumplir con esos estándares me quitara valor. Pero al mismo tiempo, sé que mi forma de diseñar tiene algo que no siempre está en lo perfecto: tiene alma.

Para mí, el error no es una falla, sino que es una grieta por donde puede entrar algo nuevo. Muchas veces, lo que sale mal es lo que me lleva a una idea inesperada. Un trazo mal hecho puede convertirse en el centro de la composición, una decisión impulsiva puede decir más que una grilla perfectamente armada y yo… no quiero diseñar perfecto, quiero diseñar vivo.

Y no es que esté en contra de lo corporativo o de trabajar para marcas grandes. Lo que me gustaría es que existiera más apertura a otras formas de diseñar, a otras lógicas visuales, que se valore la sensibilidad, el riesgo, la intención detrás de una decisión estética, incluso si no entra en los parámetros clásicos de lo “profesional”. Porque el diseño no tiene por qué ser frío para ser serio, ni tiene que ser perfecto para ser efectivo.

Este blog es también una forma de recordarme que no estoy haciendo las cosas mal. Que el diseño también puede ser un acto de honestidad, de rebeldía, de emoción. Y que está bien no encajar en todos los espacios, mientras siga fiel a lo que me mueve.


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